8 de octubre de 2008

¿COMO SER UN SINVERGÜENZA? Manual del ligón


Eran las nueve y media de agosto o, para ser precisos, de una noche del mes de agosto. Felipe, Jorge y yo acabábamos de salir del gimnasio, de una sesión de karate en la que el profesor nos había demostrado, de palabra y de obra, cuánto nos faltaba para llegar a maestros.

Aceptablemente apaleados, decidimos llegar hasta una playa cercana a procurarnos cualquier anestésico en vaso para combatir los dolores físicos y morales y, de paso, disfrutar del clima, de la flora y de la fauna.

Yo era entonces -y aún se mantiene la circunstancia- el mayor de los tres y, por lo tanto, el experto. Además, después de hora y media de karate me sentía por encima de las pasiones humanas o, mejor dicho, por debajo de los mínimos exigibles para cualquier hazaña.

Nos estábamos en la barra, rodeados de cerveza casi por todas partes, cuando llegaron dos inglesitas, jovencísimas aunque perfectamente terminadas para la dura competencia de la especie. Felipe y Jorge sintieron pronto el magnetismo y, cuando vieron que ocupaban una mesa solas, saltaron hacia ellas entre cánticos de victoria y ruidos de la selva.

Las muchachas, que sin duda habían oído hablar de los latin lovers y otras especies en extinción, les acogieron, se dejaron invitar y mantuvieron una penosa conversación chapurreada.

A distancia, yo vigilaba la técnica de mis amigos. ¡Bah! Todo se reducía a ¿de dónde eres?, ¿cuándo has llegado?, ¿qué estudias? y ¿te gusta España? Se me escapaba cómo pensaban seducir a las chicas con semejante conversación.

Gracias a la distancia -y, quizá, a la cerveza que seguía rodeándome observé que las extranjeras estaban repletas hasta los bordes de los mismos pensamientos que mis amigos: cuatro personas, como aquel que dice, pero una sola idea: ¿Cómo hacer para tener una aventurita?

Como yo, gracias al karate, había dejado atrás toda humana ambición, concluí mis observaciones con una sonrisa de suficiencia y me puse a pensar en algunos graves misterios de la vida. ¿Por qué, por ejemplo, las personas que quieren lo mismo, y lo saben, en lugar de manifestarlo a las claras, se ponen a hablar del tiempo? ¿Un exceso de lecturas de Agatha Christie?

Quince minutos después se me acercó Felipe: había constatado -o lo que él hiciera creyendo que constataba- que las cosas no iban bien. Habían pegado la hebra, pero más allá no sabían ir. Felipe acudía por si yo, que era el mayor, tenía alguna sugerencia que mejorara la situación.

-Muérdele la oreja. -dije, cediendo a una inspiración transitoria.

-¿A cuál?

-A la morena que no lleva pendientes, no sea que te partas un diente. Arriba, no; en el lóbulo.

Sin embargo, mi ocasional alumno no estuvo a la altura. Avanzó varias veces hacia el objetivo. En una de ellas hasta abrió la boca, pero acababa siempre retirándose hasta sus posiciones anteriores. Estaba claro que le fallaba el valor.

Diez minutos más, durante los que Felipe sufrió bailando entre el sí y el no, y se me acercó:

-No me sale. -gimió.

-Es bien fácil: pones la boca a la distancia oportuna y muerdes. Si el pelo te estorba la maniobra, lo apartas delicadamente con una mano.

Felipe, a aquellas alturas, dudaba ya de mi capacidad como profesor. Dudaba mucho.

-Es más fácil decirlo que hacerlo.

Aunque seguía por encima de las pasiones humanas, decidí actuar para demostrar la verdad de mis tesis y para preservar mi fama de cualquier mácula. Había que descubrir a la humanidad que el camino para llegar a aquella inglesita morena pasaba por el mordisco en la oreja.

-My friend Arthur. -dijo Felipe, mostrándome.

Sonreí a mi víctima, me senté a su lado y pregunté si alguien quería volver a beber: la cortesía me exigía no morder sin antes convidar. Después dirigí mis ojos a los de la chica y puse la mirada más ardiente que encontré en el almacén. Luego, ante la expectación de mis amigos, pronuncie unas sentidas palabras:

-Tienes el cuello muy bonito.

-Gracias.

Aparté el pelo que rodeaba su oreja derecha y, con una sonrisa de triunfo, se la mordí. La muchacha, sorprendida o no, se estuvo quieta, sin alborotar. Volví a morder, aprovechando las facilidades y, para demostrar mi éxito, repartí unos cuantos besos aquí y allá.

Mis amigos tomaron buena nota y, después de llevar a las chicas a sus casas y citarse con ellas, me expresaron su admiración:

-¡Qué tío! Lo que sabes.

¿Y si de verdad sé algo?, me dije. ¿No sería una lástima que estos conocimientos se perdieran para las generaciones futuras? Así es como nació el proyecto de este libro de enseñanza y, como hombre agradecido, guardo un recuerdo para la oreja de una desconocida que jamás volví a ver.

Cuando llegó la hora de la siguiente cita, mis amigos partieron como un viento del norte: silbando.

-¿No vienes?

-Tres entre dos. -advertí- Id vosotros.

Por la mañana supe que las cosas habían ido relativamente bien y que, más o menos, estaban emparejados para los próximos doce días.

-Fulanita -me dijo Felipe- no ha dejado de preguntar por ti. Fulanita es la de la oreja.

Y siguió preguntando por mí hasta que tomó el avión para su Patria. Seguramente fui el primer hombre que le mordió la oreja. Nunca se sabe qué puede hacer mella en el espíritu de una mujer pero, sin duda, los mordiscos en la oreja son una poderosa herramienta.


NOTA BENE


Cada maestrillo tiene su librillo y cada sinvergüenza su Enciclopedia Espasa. Aquí vamos a hablar de una clase de sinvergüenzas, los conquistadores con o sin éxito, incluidos en el viejo arquetipo español del Don Juan. No hablaremos de otros sinvergüenzas más peligrosos, del ladrón al falsario, ni de los canallas que pegan a las mujeres o las explotan, ni de los locos que se dejan pegar por ellas, ni de la enorme variedad de depravados en cuya fabricación parece estar especializándose nuestra codiciosa sociedad.

Los sinvergüenzas objeto de este estudio, al lado de tantos otros, son unas almas de la caridad y, salvo en algunos aspectos, unos caballeros, amantes admiradores de la belleza y algo obsesivos cazadores de la mujer. Claro que la caza de la mujer sólo es el paso obligado para cumplir con el mandato bíblico: creced y multiplicaos.

¡Ah, ¡la multiplicación! Una de las operaciones que más tinta ha hecho correr y que más ha entretenido al ser humano hasta el invento y difusión de la televisión. Millones de años después de descubrirse la multiplicación de la especie, sigue teniendo atractivo.

¿Quién no ha visto, en las proximidades de alguna playa mediterránea, a una rubita conduciendo una vespa rosa y ha pensado "Señor, señor"? Pues el sinvergüenza del que tratamos es el que no piensa "Señor, señor". El va y actúa.

Nota: Recuperamos el enlace http://www.sromero.org/ext/review/sinverguenza/Sinverguenza.html

6 comentarios:

  1. mmm... vaya! veo que esto lleva ya un tiempo publicado, y yo sin enterarme!! tendré que mirar más el blog de mi chico...
    y es que no sé porqué pero el tema de la orejita me suena... y funciona!!

    Te quiero mi amor.
    Fdo: tu chica de la orejita :P

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  2. joer no me carga la pagina para seguir leyendo!

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  3. Hola, han tenido que borrar la página donde estaba colgado. Intentaré revisarla de vez en cuando a ver si vuelven a ponerla.

    Un saludo.

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  4. lo d la oreja esta bastante bien...pero un besito(chikos ia sabeis kmo se hace) entre el cuello i la parte inferior d la mandibula..tambn da resultado..(para akellos tios bajitos,k no llegams bien ala oreja del pivon ingles..xd) ay lo dejo ;)

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  5. Hola yo estoy en un problema q qisiera q me ayudaran tengo 17 años y no se como seducir a una chica desde cero estoy acostumbrado a ke ellas me ablen primero ami pero me pongo nerviosisimo cuando yo tengo q ser el protagonista mi correo es arkngl_92@hotmail.com se los agradeseria muchisisimo.....

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  6. Recuperado el enlace para ver toda la guía ;)

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